Planchuela y Caracolillo

Elios Edmundo Pérez Márquez

El ingeniero Castillo, como siempre, llegó a toda prisa y subió la escalera a grandes zancadas, justo en el momento en que Tomás Ledezma pretendía salir, a comprar café.
Yo tenía unos 22 años y no sabía cuán importante es una taza de café, a cualquier hora del día, para un individuo, común y corriente, sobre todo, cuando lo acostumbra, desde siempre, solo o acompañado, él, la persona, no sólo el café que, también, se puede tomar solo o acompañado. Y Tomás era un consuetudinario bebedor de café. Lo tomaba todo el día, frío o caliente, ya que lo servía bien caliente, hasta que, poco a poco, se enfriaba y se servía más café caliente, hecho en esa cafetera, tan vieja y destartalada que, parecía heredada de los tiempos de la Revolución Mexicana.
Creo que uno de sus gustos más especiales, era invitar una taza de café a las visitas, más, cuando eran artistas, como el pintor Rafael Rivera, puertorriqueño, albino, quien se quejaba de las autoridades culturales que, por un miserable sueldo de cinco mil pesos, esperaban contratar a alguien que, además de ser un virtuoso del violín, como Paganini, les llevara la contabilidad de un teatro, la administración de un espacio educativo y la dirección de la orquesta.
Al igual que Tomás, Rafael tenía un don especial, o dos; uno, manejaba el pincel sobre el lienzo, como un Van Gogh y, dos, bebía café, solo o acompañado, y frío o caliente, y sin azúcar.
El caso es que eran cerca de las cuatro de la tarde, cuando Tomás bajó la guardia. En un instante, su rostro, feliz y sonriente que, momentos antes, denotaba una gran alegría y disposición para salir a la calle, de pronto, se tornó sombrío; se le fue el color, tragó saliva espesa y no tuvo palabras para responder al ingeniero Castillo.
Simplemente, asintió con la cabeza, bajó la mirada y recibió, en sus manos, el material que le entregó: un folder color beige, con unas hojas blancas adentro, unas fotografías a color, y se tuvo que quedar. En eso, llegó Berta, mi novia, y presenció el drama que se vivía en las viejas oficinas del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), cito en Antonio Caso número 17, primer piso, colonia San Rafael.
– Vamos por su café – me dijo Berta.
– Si quieres, yo voy por el café – le dije a Tomás.
– ¿De veras? – preguntó.
– Nomás me dices dónde –le dije.
Medio chiveado, Tomás me dio la ubicación del lugar. No como ahora que, en un mensaje de WhatsApp, te llegan las coordenadas del sitio a donde tienes que ir, sino solamente el domicilio y algunas indicaciones para llegar: Café La Habana, Bucareli, esquina Morelos.
Berta y yo teníamos planeado ir al cine. Lo cual, no representaba ningún problema. Era muy temprano y nos daba tiempo de hacerle un favor a un amigo y recorrer el Paseo de la Reforma.
Los atardeceres en el Distrito Federal, solían ser maravillosos, soleados o nublados, lluviosos o con ventisca; en las cuatro estaciones del año, sobre todo, por esos rumbos: maravillosos.
En primavera, los respetables profesores de escuela, casados, que acostumbraban el cabello largo, pero que, de pronto, cuando querían impresionar a una de sus alumnas, se lo cortaban, sin darse cuenta de que se le veían los pelos de la orejas; las muchachas, que caminaban por aquí , arrastrando su frescura y candidez, en verano lo hacían, pero enfundadas en cortitas y muy delgadas blusas, sin medias y en minifalda; las copas de los árboles, siempre verdes, se teñían de un amarillo pastoso y las amplias banquetas se tapizaban de hojas, resecas y doradas, en otoño; en invierno, lo mismo, pero con un día mucho más corto y un oscurecer menos tardío.
El bolero de la esquina, sentado en su banquito de madera, lustrando los zapatos de un ejecutivo, que acababa de comer y hojeaba el periódico; el hotel Fiesta Palace, con sus cientos de ventanitas cerradas, el monumento radiante a Cristóbal Colón, hoy, tan vilipendiado; el vendedor de billetes de lotería: “termina en siete, lleve su cachito”; el edificio, estilo europeo, donde se encontraba Aeroflot, la línea área de la Unión Soviética, el establecimiento de estampillas postales y el de numismática y, en la esquina con Bucareli, el Diario Excélsior.
Ahí dimos vuelta a la derecha, donde estaba una tienda de ropa y vendían tacos de canasta: montones de voceadores, de a pie, de carro y bicicleta, contando los ejemplares de los periódicos que no se vendieron; pagando, en efectivo, es decir, con monedas, los que sí se vendieron y haciendo el pedido para el día siguiente, o sea, para la madrugada siguiente y, algunos, esperando la “Extra”, o sea, la segunda edición del “Ultimas Noticias”.
Poco más adelante, llegando a la avenida Morelos, el ambiente, en efecto, estaba impregnado de un exquisito aroma; conocido, claro, pero nunca apreciado como en ese momento.. Si no conocieras el lugar o llevaras los ojos cerrados, podrías seguir el olor y llegar sin dificultad. Cierto. Ahí estaba el Café La Habana, y no sólo eso. Afuera, un enorme molino, que doraba y trituraba el grano, y no sabías si escuchar el dulce sonido del grano al ser triturado o aspirar el delicioso aroma, que emanaba e inundaba toda la calle.
Entramos. Observé el lugar, las mesas y las sillas, los parroquianos, que conversaban y degustaba una buena taza de café; los meseros, que iban y venían por el lugar, con sus charolas en la mano y un paño blanco, enredado a la cintura, a manera de delantal; el encargado, que nos atendió con extrema amabilidad y nos tuvo amplia paciencia.
No recuerdo la cantidad que compré, pero sí puse especial énfasis en que quería, la mitad de caracolillo claro y la mitad de planchuela oscuro.
El chavo colocó, en la báscula, una bolsita de papel de estraza y, ayudado de un pequeño cucharón vertió, en ella, una cantidad el caracolillo claro y, luego, la misma cantidad de planchuela oscura. Me entregó la bolsita y le pagué, pero Berta no se quiso quedar con las ganas y compramos una taza de café, para llevar.
Sólo hasta que regresamos a Antonio Caso 17 y le entregué, a Tomás, la bolsita de café, me sentí mucho más tranquilo y respiré aliviado; igual, cuando Tomás encendió su cafetera y se dispuso a preparar el ansiado elíxir. Su rostro se iluminó, todo su cuerpo, engarrotado por la frustración, se restableció; relajó sus músculos contraídos y, además de soltar el pincel, el cúter y el cemento Iris sobre el papel cascarón, empezó a silbar, mientras el compañero Demetrio Vallejo, a pie, arribaba a la oficina y se dirigía hacia el lugar donde lo esperaba el ingeniero Heberto Castillo.
Me asomé “al salón de diseño”, para despedirme de Tomás, y lo vi beber un buen sorbo de café, con los ojos cerrados. Fue, entonces, cuando comprendí que así, como en su momento, el trabajo, cumplió un importante papel en la transformación del mono en hombre, el café tenía una importancia vital en la transformación de un hombre, común y corriente, en un artista de izquierda.
Y Tomás era un artista. Además de ser pintor y dominar el óleo, la acuarela y el lápiz, conocía todos los artilugios, técnicos y hechizos, para elaborar volantes, carteles, mantas, banderas y una revista (Insurgencia Popular); formatearla, colocarle la tipografía, recortar las fotografías, destacar los encabezados, hacer que cupiera toda la información , dejar todo listo para pasar a imprimirla.
Me despedí del Ingeniero Castillo y del Compa Vallejo. Ambos, tenían un encanto muy especial, un carisma irresistible y, por ello, los jóvenes de mi generación, les creíamos, estábamos con ellos y dispuestos a “tomar el cielo por asalto”, pero ya era muy tarde; así que mi novia me hizo una señal para que nos retiráramos y me despedí, no sin antes, refrendar mi compromiso de seguir luchando por una sociedad, que se estructurara sobre bases de igualdad y de justicia, sin discriminaciones ni privilegios… pero ésa es otra historia.

eliosedmundo@hotmail.com

Otros Artículos de Elios Edmundo Pérez Márquez

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *