Ella te Ama

Elios Edmundo Pérez Márquez

En 1965, a los 11 años de edad, tuve mi primera novia. Se llamaba Gloria; era una preciosa niña de once años y ambos cursábamos el sexto año de primaria, en el turno vespertino. De hecho, éramos la primera generación que egresaría de esa escuela.

Todas las tardes, al salir de clases, yo la acompañaba a su casa y le ayudaba a cargar sus libros aunque, desafortunadamente para mí, vivía a sólo cuadra y media de la escuela; por lo tanto, nos citábamos para vernos más tarde, a las ocho de la noche, en esa ciudad de antaño, donde todavía se podía vivir y dos niños podían pasear por la calle, sin correr ningún peligro.

Por imitación, porque había visto que así lo hacían los novios de mis primas, a las ocho de la noche, apostado en la esquina de la calle donde mi novia vivía, le chiflaba, y ella salía, para dar la vuelta conmigo y platicar cosas de niños, sin que yo me atreviera a darle un beso, acariciar su mejilla o poner mi brazo sobre su hombro; ni siquiera a tomar a su mano.

Así pasaron varios días, repitiendo el esquema, prometiéndome a mí mismo que “ahora sí; que, esa noche, sí la tomaría de la mano, la abrazaría y la besaría”. Pero nada. No me atrevía. Gloria salía, dábamos una vuelta por las calles cercanas, conversábamos y volvíamos a su casa, hasta que, una noche, quién sabe por qué, mi amigo Miguel Ángel me acompañó a verla.

Repetí la operación y le chiflé pero, está vez, no avanzó hacia la esquina, sino que salió a la puerta y con una seña me indicó que me acercara. Miguel Ángel y yo, temblando de miedo, nos acercamos. Gloria me dijo que no podía salir, debido a que sus tías no estaban y, con toda la naturalidad del mundo, nos invitó a pasar a su casa.

Mi amigo y yo, habitantes de una colonia proletaria, entramos a esa casa que no se parecía en nada a las casas de nosotros, ya que, sin ser una lujosa mansión, la casa de Gloria era toda sobriedad, elegancia y limpieza. Una estancia, con nichos en las esquinas, de donde brotaban tenues luces blancas, y unos sobrios sillones, con cojines que combinaban a la perfección. Una mesa de madera, con un cristal que cubría el mantel blanco que caía, en largos pliegues, por los cuatro lados; ocho sillas, vitrina, trinchador; muebles que yo ni siquiera sabía cómo se llamaban; largas cortinas en las ventanas y en los marcos de las puertas que daban al interior, pero con un detalle fuera de lugar.

Una de las paredes, junto al comedor, tenía un enorme boquete, del piso al techo, como si le fueran a instalar una puerta, y se alcanzaban a ver los tabiques rojos. Gloria avanzó por ahí y, por inercia, sin saber qué más hacer, yo la seguí, y Miguel Ángel me siguió a mí.

Era una recámara, iluminada con una débil luz. La televisión, en blanco y negro, estaba encendida, pero sin volumen. A cambio de ello, se escuchaba la música que provenía de un radio, oculto en algún lugar.

Frente al televisor, había una litera, y Gloria se sentó en la cama de abajo mientras, con un movimiento de su mano, me invitaba a sentarme a su lado, y me senté, a punto de que los nervios me traicionaran porque no sabía qué hacía yo en esa habitación, qué programa se estaba trasmitiendo en la televisión, ni qué canción se escuchaba en el radio, y me asaltaron todo tipo de temores: ¿cómo me había atrevido a entrar en esa casa? ¿Qué pasaría con nosotros, si las tías de Gloria llegaban en ese momento? ¿Cómo reaccionarían al vernos ahí?

Ni Miguel Ángel ni yo aguantamos la presión y, cómo si nos hubiéramos puesto de acuerdo, yo me levanté de la cama, como impulsado por un resorte, mientras mi amigo se daba la vuelta y buscaba la salida.

– Ya nos vamos –alcancé a decir.

Miguel se adelantó, y alcancé a ver cuando cruzaba por el boquete en la pared, mientras yo le cedía el paso a Gloria, quien, justo en ese momento, al cruzar delante de mí por ese lugar, se volteó de improviso y me vio, fijamente, a los ojos, la vi: nos miramos, y me plantó un beso en la boca. Hasta entonces escuché con claridad la letra y la música que provenía del radio, oculto en algún lugar de aquella habitación:

– She love you, ye, ye, ye…She love you, ye, ye, ye…

Sí. Era “Ella te ama”, de Los Beatles.

Han pasado muchísimos años desde entonces. Sin embargo, yo lo recuerdo, como uno de los momentos más gratos de mi vida. Me gustan todas las canciones de los Beatles, juntos y cada uno por su lado, pero ésa en especial, me remueve fibras muy sensibles.

Relato lo anterior como un testimonio de los 60s; década fundamental para las grandes trasformaciones del siglo XX, en la política, la cultura, la ciencia, la moda, la sexualidad, etc., y por supuesto, la música, sobre todo, la de los Beatles; música que, sin duda, influyó en todos los jóvenes de mi generación, especialmente, en mí y en mis cinco hermanos. Gloria, donde quiera que estés, me acuerdo de ti.

eliosedmundo@hotmail,com