EL PANTALÓN. Día de muertos.

Cementerio Nacional de Douaumont, cerca de Verdún. Benh Lieu Song

Elios Edmundo Pérez Márquez

Jardín Guadalupano

No hay cosa peor que ensuciar el pantalón. Lo que le pasó a Orlando, el taxista, quien siempre fue de estómago frágil y todas las emociones que experimentaba, repercutían en su aparato gastrointestinal; de lo cual, no le quedó ninguna duda, a partir de que fue a pedir la mano de Chelita, su novia, que ya estaba en avanzado estado de embarazo.

      El suegro se le quedaba viendo, sin decirle nada, sólo semblanteándolo, calándolo, como si quisiera comprobar a qué hora, tanto él como Chelita, iban a confesar su desliz, porque don Cruz, el suegro, no se chupaba el dedo y el estado de gravidez de Chelita, ya no se podía ocultar.

     Orlando aguantó la cena, los discursos, la sesión de preguntas y respuestas, y la aceptación, que hizo el papá de Chelita, al puro estilo de político del PRI, escurriendo el bulto, andándose por las ramas y sin anotar a gol, pues jamás se atrevió a tocar el tema del posible embarazo de su hija.

     Orlando, ya no esperó a tomarse la foto del recuerdo, ni al brindis de rigor, sino que salió a la calle, abordó su taxi y, a toda velocidad, llegó a la gasolinera más cercana, donde pudo expulsar la pesada carga de sus intestinos.  

     Orlando echó a perder unos pantalones tipo Dockers, color beige, nuevecitos pues, resulta que, una noche, a principios de noviembre, dos personas, un hombre y una mujer, vestidos de manera muy extraña, le hicieron la parada, junto a la iglesia del pueblo de Guadalupe Victoria, abordaron su taxi y le pidieron que los llevara a Ciudad Azteca; hecho, que le agradó sobremanera, ya que vivía en Polígonos y pensó que, después de dejarlos, se iría su casa y daría por concluida la jornada de trabajo

     Tomó por la avenida Carlos Hank González, mejor conocida como avenida Central, pensando en dar vuelta para tomar el Bulevar de los Aztecas, pero aún no llegaba a la UNITEC, cuando uno de los pasajeros le indicó que, lo que querían, era llegar al Jardín Guadalupano.

     Ya sobre el Bulevar de los Aztecas, avanzó su taxi, hasta el semáforo, y dio vuelta para entrar por algunas de las calles adyacentes, hasta encontrar el Bulevar de los Guerreros  y la entrada al Jardín Guadalupano pero, de repente, el otro pasajero, le ordenó que los llevara a la parte de atrás del panteón.

     Entonces, en lugar de dar vuelta hacia a la derecha, dobló hacia a la izquierda,  continuó hasta donde terminaba la barda y dio vuelta a la derecha, esperando indicaciones, pero en vez de eso, una mano le acercó un billete de 200 pesos, y le dijo:

–    Aquí está bien. Gracias -, y ambos descendieron a toda prisa

     No había nada qué decir. La experiencia en el volante, le había enseñado a no contradecir al pasajero, ya que, “el cliente siempre tiene la razón”. Lo que sí lo sacó de sus cabales e hizo estragos en su pantalón fue que, al observar por el espejo retrovisor, ya no encontró a sus pasajeros. Aún, descendió del taxi y volvió la cabeza hacia todos lados, pero no vio a nadie, sólo la inmensa barda blanca,  que resguardaba el Jardín Guadalupano, iluminada por un pequeño foco.  

     Esta vez, no tuvo tiempo de llegar a la gasolinera, sino que, durante el trayecto a su casa, al cruzar por el centro Comercial, una ansiedad se apoderó de su voluntad y, aunque se mordió los labios y apretó los puños, no pudo evitar que le sucediera una desgracia.

eliosedmundo@hotmail.com

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