“COSA DE NIÑOS”

 

Por Elios Edmundo Pérez Márquez.

Para Vladimir y Elios.
En el otoño de 2005
siglo XXI, tercer milenio
en el tiempo de la esperanza
después de la reflexión
antes del triunfo de López Obrador.

¡Aunque quisiera, no podré olvidar jamás aquella noche que, al llegar a nuestra casa, mis hijos me preguntaron si me sabía algún cuento de hadas.
De eso, han pasado más de quince años. Sin embargo, yo lo recuerdo como si acabara de pasar porque, siendo sinceros, me agarraron desprevenido, y no supe qué hacer ni qué decir. De lo único que estaba seguro era que no les podía quedar mal.
En aquel entonces, mis hijos apenas tenían cuatro y tres años, y asistían a la Guardería, donde permanecían, prácticamente, todo el día y ahí, jugaban, comían, dormían una siesta, adquirían sus primeros conocimientos y, por lo visto, las niñeras les contaban cuentos infantiles.
Y, esa noche, mientras les ponía su pijama, hurgaba en mi memoria, tratando de recordar algún cuento infantil pero, por más esfuerzos que hacía, no recordaba ninguno.
Sí me sabía varios cuentos, de Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Robert Louis Stevenson y otros escritores, pero ninguno era para niños.
También me sabía una gran cantidad de anécdotas; mitad verdad, mitad leyenda, que me habían relatado mis abuelas y mi Yaya, pero igual, no eran cuentos infantiles: era la vida, tal y como les había tocado vivirla después de la Revolución; con sus pasajes chuscos, su ambiente misterioso, su inevitable carga de violencia y erotismo, y sus milagros.
Por otro lado, modestia aparte, me sabía de memoria, muchas películas, ya que, de novios, mi esposa y yo éramos fanáticos del cine y, muy seguido, en diferente sala, el mismo día y todas de estreno, veíamos hasta tres películas; películas que me servían para entretener a mis hermanos y a sus esposas, sobre todo cuando, por estar embarazados o criando, no podían ir al cine, pero no eran cuentos infantiles.
Mis hijos ya en pijama; recostados, los dos, a lo ancho de la cama, me miraban expectantes, como dando a entender que no se dormirían hasta que yo les contara el cuento que deseaban escuchar.
Ninguno de los dos se imaginaba el esfuerzo mental que yo estaba realizando, para encontrar en algún rincón de mi memoria, un cuento infantil; de esos como “La Cenicienta”, “El Gato con Botas” o “Blanca Nieves”; cuentos que yo conocía, que sabía que existían; que, de niño, alguien me contó y que leí en alguna parte, pero que, quién sabe en qué etapa de mi vida, dejaron de sorprenderme y los dejé olvidados no sé dónde.
A querer o no, en mi mente se hizo la luz y recordé algunos episodios del Teatro Fantástico, de Enrique Alonso, en su personaje de Cachirulo, que se trasmitía los domingos por la noche y que, a los niños de aquel entonces, nos mantenía pegados a la televisión. Ya había encontrado la punta del hilo y sólo tenía que jalar para desenredar la madeja.
Sin embargo, había un impedimento. Para mí, contar un cuento infantil, no era cosa de niños: era un ejercicio nuevo y suponía que algún grado de dificultad debería tener, porque ningún amigo o familiar me había comentado que les contara cuentos a sus hijos. Nunca antes lo había hecho y no sabía ni cómo empezar. Una cosa era contar fragmentos del “Llano en Llamas” y otra, muy distinta, saberse los nombres de los siete enanos. No era lo mismo.
Cuando yo contaba “La Siesta del Martes” o “El Diablillo de la Botella”, no tenía que empezar por el principio, sino por cualquier parte; de atrás para adelante, de adelante hacia atrás o destacar un hecho significativo, sin tener que contarlo todo. Además, tenía otra ventaja: como casi ninguno de mis amigos los había leído, le podía echar de mi cosecha o quitarle, pero con mis hijos, no era correcto. No se merecían que, en el primer cuento que les iba a contar, se me olvidaran las palabras mágicas para contrarrestar el conjuro, y el Príncipe se me quedara convertido en sapo; no recordara qué hacer para desencantar a la princesa o no supiera qué decir si me preguntaban por qué, en punto de las doce de la noche, la carroza se iba a transformar en calabaza.
Total que empecé. Era preferible intentarlo, a riesgo de equivocarme, que defraudar a mis hijos. Desatorado el dique que bloqueaba mis pensamientos, las imágenes de un bosque, una niña vestida de roja y un lobo feroz, aparecieron con claridad y, en segundos, tuve armado el cuento, de principio a fin, mas no así las palabras para trasmitirlo. Pero ya no era momento para reconsiderar y, después de aclarar mi garganta, empecé diciendo:
- Había una vez……
Y fue así como inicié mi fructífera carrera de contador de cuentos infantiles, todavía sin imaginar que, con el tiempo y obligado por las circunstancias, llegaría a plagiar muchas de las grandes obras de la literatura universal, nada más para tener el gusto de verlas convertidas en cuentos de hadas y, todas las noches, antes de dormir, contárselas a mis hijos.
Cierto que, en más de una ocasión, por flojera o cansancio, intenté evadir mi responsabilidad de Cuentacuentos y recurrí al viejo truco de:
-“¿Quieres que te cuente un cuento?
Que el burro está contento
Y la burra está enojada
Porque no le dan cebada”.
O aquel otro viejo truco:
“Este era un gato
Con los pies de trapo
Y los ojos al revés
¿Quieres que te lo cuente otra vez?”
“Este era un gato
Con los pies de trapo
Y los ojos al revés
Se subió al tapanco
Apagó la vela
Agarró un garrote
Y le dio a su abuela”
Por supuesto que Gabriel García Márquez, no se imagina que a sus “Cien Años de Soledad”, le cambié el nombre y lo titulé “El Cuento de los Inventos”; lo resumí a un relato de diez minutos y, así, mis hijos tuvieron una idea muy aproximada de cómo empezó el mundo y cómo el hombre descubrió el imán, el catalejo y la dentadura postiza y, en lugar de terminar en que “…las familias condenadas a cien años de soledad no tenían otra oportunidad sobre la tierra”, terminaba con el mismo final que yo les daba a todos los cuentos que contaba.
Me imagino la cara que pondría Fernando del Paso, si supiera que su formidable “Palinuro de México”, quedó reducido a “las tres cosas que Palinuro recordaría de su viaje a Veracruz: los enanos Vigil, la pesca milagrosa y las discusiones entre la tía Luisa y el Tío Esteban a propósito de alemanes y cangrejos”, y lo mismo sucedió con Alejandro Dumás, Víctor Hugo y Hemingway, sin contar a Cervantes, Dostoievsky y hasta el propio Kafka, y muchos más.
Y pensar que todo se lo debo a “La Caperucita Roja”, el primer cuento infantil que les conté a mis hijos, aquella noche que, para hacerlo más emocionante y creíble, me puse de pie, hice a un lado mis inhibiciones y lo actué, caminando como la caperucita, escondiéndome como el lobo e imitando las voces de los dos..
Aun recuerdo los gestos de asombro y duda que se dibujaron en los rostros de mis hijos cuando Caperucita, creyendo que hablaba con su abuelita, le preguntaba al lobo:
- ¿Y por qué tienes esa orejas tan grandes?
- Para oírte mejor – decía el lobo.
- ¿Y por qué tienes esos ojos tan grandes? - preguntaba Caperucita.
- Para verte mejor – decía el lobo.
- ¿Y por qué tienes esa boca tan grande?
- ¡Para comerte mejor!
Luego, la persecución. El lobo persiguiendo por todo el bosque a Caperucita, para comérsela, hasta que un valiente leñador lo atrapaba, pero no me acordaba si lo mataba o lo llevaba preso, y me incliné por la segunda opción, porque eso de la muerte, me parecía demasiada violencia para dos niños de esa edad. Así que, luego de atraparlo, el leñador se llevaba preso al lobo y lo metía a la cárcel.
Faltaba lo mejor y, cada vez que lo recuerdo, se me hace un nudo en la garganta y me dan ganas de que mis hijos fueran niños otra vez porque, aun no terminaba la consabida frase: ..”y colorín colorado, este cuento se ha acabado”, cuando mis hijos, al unísono, exclamaron:
- ¡Otra vez, papá, otra vez!


EL MEJOR DE TODOS.

Completamente rendido, después de haber caminado, sin rumbo determinado y durante varias horas; solamente para agotar el tiempo y retrasar mi regreso a casa encontré, a mi paso, uno de esos desamparados circos ambulantes, tan dejados de la mano de Dios y, a pesar de mi precaria situación, no pude resistir la tentación de formarme en la fila y comprar un boleto para la primera función.
Caminé hacia la carpa remendada, por una vereda de aserrín y paja, y observé a todas esas personas disfrazadas de malabaristas, payasos y domadores que, con verdadera vocación de trotamundos, trabajaban sin cesar y corrían de un lado a otro, afinando los detalles para dar inicio a la hora anunciada.
Ese día, a primera hora de la mañana, salí de mi casa con la intención de obtener un poco de dinero pero, desgraciadamente, las cosas no me salieron del todo bien y apenas logré ganar algo, para un regular almuerzo, una cajetilla de cigarros y el pago del taxi. Para colmo de males, estaba haciendo un poco de frío y la pierna enferma me dolía.
No podía volver a mi casa; al menos no antes de que oscureciera, y ya llevaba seis meses haciendo lo mismo.
Salía muy temprano y regresaba lo más noche posible, para evitar toparme con el agente de la inmobiliaria, que ya me había puesto un ultimátum.
Durante el día, me animaba; iba de aquí para allá, tocando puertas, sacando citas; tratando de entrevistarme con gerentes de publicidad, jefes de redacción o directores de revistas, en busca de una oportunidad.
Hoy había sido igual, sólo que con una pequeña variante: como el fotógrafo de cierta revistilla, no se presentó a trabajar y yo me encontraba en la sala de espera, me pidieron que revelara unos rollos y les hiciera unas pruebas, en blanco y negro, que les urgían.
Lo hice y, no me puedo quejar, me pagaron muy bien pero, como no me conocían ni sabían quién era yo, y como no les sorprendió, ni mi técnica ni mi equipo fotográfico, me dieron las más cordiales gracias y me sugirieron volver en otra ocasión.
El día anterior, había agotado mis últimos recursos y, como hoy el panorama no pintaba mejor, sacié mi apetito con un abundante almuerzo y compré suficientes antiácidos, para mitigar el cólico de mi úlcera duodenal.
Más tarde, ya en plena desesperanza, compré cigarros para calmar otra importante necesidad, y eché a andar, sin saber adónde ir, cargando al hombro, la vieja mochila en que llevaba lo poco que quedaba de mi equipo, hasta que, chupando antiácidos y fumando un cigarrillo tras otro, llegué a este circo ambulante y decidí entrar, más con la intención de matar el tiempo y sentarme a descansar, que por divertirme con el espectáculo circense.
Ya había pasado lo peor: esa hora de la tarde en que sentía el impulso incontrolable de tomarme una copa y empezaba a sudar.
Mi organismo aun no aceptaba la idea de que yo había dejado de beber y necesitaba un buen vaso de brandy, como los que estaba acostumbrado a recibir todos los días, a esa misma hora.
Empezaba a oscurecer y, por fortuna, una vez más, no me había encontrado con algún conocido. No quería que nadie me viera en ese estado: sucio, apagado, la barba crecida, casi un vagabundo y la pierna inmóvil.
Yo: el orgulloso, el triunfador, ahora, convertido en una caricatura de mí mismo; enfermo, vulnerable y en la miseria.
Por lo menos, nadie me había visto: ni los que me habrían invitado a emborracharme, ni los que me hubieran visto con lástima.
Encendí otro cigarrillo. A veces, esa ansiedad de no saber qué hacer con las manos, para no meterlas en las bolsas, es mucho mayor que el deseo de fumar: mover los brazos, sostener el cigarrillo, sacudirlo con la punta de los dedos, cambiarlo de una mano a la otra, separar los labios, inhalar; en fin, todo aquello que conlleva el mal hábito de fumar.
Me formé en la taquilla, compré un boleto de los más baratos y atravesé la vereda de aserrín y tierra suelta que conducía a las tribunas, y me distraje observando a los viejos y empolvados camellos, con sus jorobas vencidas por el paso de los años y el pelo cayéndoles en jirones, como si se les hubieran descosido los remiendos; los caballos, tristes y esqueléticos, los perros con faldas de colores; los elefantes antidiluvianos, y hasta un par de changos que inquietaba a los perros.
No lo pude evitar y recorrí el lugar. Alrededor de la carpa, todo era ese espacio, conmovedor y sombrío, de los circos de paso, que nunca terminan de llegar y siempre se están yendo: ollas, jaulas, sogas, barriles, estufas, tanques de gas, lámparas de baterías; los carromatos, estacionados en la oscuridad, y paja, mucha paja y aserrín, con olor a humedad, esparcidos por todas partes.
Pensé en papá. Lo que diría si me viera en esta situación. Él, que siempre me recomendó que, lo que hiciera, lo tenía que hacer bien o, mejor, ni intentarlo.
- Así seas ratero – me decía -. Pero el mejor ratero. No el que les roba sus bolsas a las viejitas en el mercado. ¡No, señor, nada de eso, sino el que roba millones y se juega la vida!
Qué diría ahora, si me viera así: fracasado, en la ruina, sin trabajo, sin voluntad y sin porvenir; solo, como un vagabundo, libre bajo fianza, con un proceso abierto y todo, a causa de mi alcoholismo.
Elisa me había abandonado, llevándose a los niños y todos los muebles de la casa. Sólo me dejó, en el patio, los pollos que mis hijos se encapricharon en comprar y alimentar, según ellos para la cena de navidad.
Por supuesto que la ausencia de Elisa fue lo mejor que me pudo pasar. Ya tenía a quién culpar de mi afición a la bebida; a nadie le tenía que rendir cuentas de mis actos, no tenía que escuchar quejas ni reproches, y podía regresar a mi casa, a la hora que se me diera la gana.
Qué cierto era lo que decía el profesor Soto, mi inolvidable maestro de fotografía, cuando decía que, lo primero que pierde el alcohólico, después de la vergüenza, es la familia.
Todo era cuestión de salir del estudio, al caer la tarde, y reunirme con los amigos, en el bar de costumbre y, luego despertar, a la mañana siguiente, con la ropa puesta; sediento, tendido en la improvisada cama, hecha con mis abrigos y chamarras, sin recordar cómo abordé el automóvil y manejé para llegar hasta ahí.
Dos años antes, luego de la muerte de papá, participé en tres concursos de fotografía, auspiciados por una empresa de editorial de prestigio internacional y, en los tres, con distinto seudónimo, obtuve el primer lugar.
Me dieron un amplio reconocimiento en todas sus publicaciones y una buena suma de dinero que invertí en montar mi propio estudio y cinco exposiciones de gran éxito, publicitario y comercial.
Mi trabajo se empezó a cotizar muy bien. Las agencias de publicidad deseaban trabajar conmigo; un famoso periodista me propuso acompañarlo, a varios países, para ilustrarle unos reportajes, y una empresa, patrocinadora de un destacado atleta, me quería llevar a la Olimpíadas. Incluso, tenía varias ofertas para exponer e impartir algunos cursos de fotografía en el extranjero.
Era una lástima que papá no estuviera compartiendo el éxito conmigo, pero yo sabía que, estuviera donde estuviera, estaría orgulloso de mí pues, a pesar de que nunca le agradó la idea de que yo me dedicara a la fotografía, siempre respetó mi decisión.
- Está bien – me dijo un día -: quieres ser fotógrafo. Pero no vas a ser uno de esos fotógrafos bizcocheros de banqueta. ¡No, señor! ¡Vas a ser el mejor: el mejor de todos!
Después, nada: el accidente, los heridos, el hospital, la pierna que, de milagro, no perdí; la cárcel y la muerte de mi mejor amigo. Y, lo peor, los remordimientos, porque yo iba manejando, completamente borracho.
Fue en la madrugada, después de una fragorosa noche de parranda, con la ingrata coincidencia de que Daniel, que nunca tomaba, me hubiera venido a visitar, después de mucho tiempo que no nos veíamos
Él recibió el brutal encontronazo con el auto de la pobre señora que chocó contra nosotros, porque yo me pasé el semáforo en rojo.
Gracias a Dios, no hubo más muertos y la señora no quiso levantar cargos contra mí. No obstante, para quedar en libertad, tuve que sacar dinero de dónde fuera y rematé el estudio, hipotequé la casa y vendí una buena parte de mi equipo y sí, quedé en libertad, para poder salvar la pierna que me iban a amputar y sí, la salvé, pero me costó un ojo de la cara. Con todo, me quedó rígida y me dolía en las noches de frío, como para que no se me olvidara la muerte de Daniel.
Ya había tenido varios avisos; uno de ellos, bastante cruel y, sin embargo, no hice caso.
Una mañana, al despertar en mi improvisada cama de abrigos, observé que mis manos y mis ropas estaban manchadas de sangre y, lo primero que pensé, fue que había asesinado a alguien. Era lo único que me faltaba.
Era obvio que, en medio de la inconciencia provocada por el alcohol, yo había matado a una persona: un hombre, una mujer, un niño. No lo sabía. Pero esto, no era más que el resultado lógico de una vida, dispendiosa y disipada, y no haber sabido respetarme a mí mismo.
Pensé en papá. Si supiera que yo era un asesino, se volvería a morir. Él, que nunca bebió una copa de alcohol, al menos, frente a mí y, mucho menos, en presencia de mis hermanas, y nunca supo que yo me había convertido en un alcohólico. De estar vivo, se avergonzaría de mí.
Comprendí que, por respeto a su memoria, tenía la obligación de entregarme a las autoridades y saldar mi cuenta con la sociedad, en lo que sería mi último acto de dignidad.
Pensando en eso, me lavé las manos y la cara, me cambié de ropa y abrí la puerta del patio, rumbo a la calle, dispuesto a enfrentar las consecuencias de mis actos y ponerme a disposición de la policía.
Sin embargo, cuál no sería mi sorpresa al ver, hechos pedazos y bañados en sangre, a los pollos de mis hijos.
Todo mi ser se estremeció con esa carnicería. Eran cuatro o cinco pollos a los que, todos los días, mecánicamente, yo les acercaba agua y alimento y, ahora, eran pedazos de carne y plumas esparcidos por el patio y llenos de sangre. Sentí ganas de vomitar.
Regresé a mi habitación y respiré aliviado al comprobar que mis ropas, en efecto, además de sangre, tenían plumas de pollo.
Gracias a Dios, no había matado a nadie, y sólo se trataba de unos cuantos pollos que, de todos modos, más temprano que tarde, se iban a morir.
Pero ése no era el problema. Lo malo no era que se tratara de unos cuantos pollos, sino que yo no lo recordaba y, con la misma facilidad con que había destazado a esas indefensas aves, bien pude haberlo hecho con una criatura.
En ese momento, decidí internarme en un hospital siquiátrico. Yo era un demente, un desquiciado, un loco peligroso; capaz de hacer pedazos a unos pollos y no recordarlo. Resultaba obvio que la cercana a mí corría peligro.
Así que, después de lavar el patio y echar por el drenaje la evidencia de mi locura, salí a la calle y abordé un taxi que me llevaría al sur de la ciudad, donde se encontraba el hospital siquiátrico. Pero fallé. No llegué nunca.
Al pasar por el centro de la ciudad, una ansiedad se apoderó de mi voluntad: resecos los labios, el paladar, el temblor de mis manos y la frente bañada en sudor, me hicieron olvidar mis propósitos y, en lugar de ir al hospital, le ordené al chofer que me llevara a la primera cantina que encontrara, y ahí, de inmediato pedí que me sirvieran un trago, y volví a perder la conciencia de mis actos, hasta la mañana siguiente, cuando desperté en mi triste cama, con el temor de haber asesinado a alguien.
Luego vino el accidente; la muerte de Daniel, la cárcel y la ruina, lo que, finalmente, me obligó a recapacitar y darme cuenta que lo único que me faltaba perder, era la vida.
Por eso, cuando los payasos saltaron a la pista, correteándose unos a otros, dando maromas y brincando hacia todos, me fui a sentar en un barril, junto al telón, y dejé que mi imaginación se tornara infantil y comencé a reír.
En realidad, no era nada extraordinario. Se trataba de una rutina de payasos, dándose de palos, hablando a gritos y arrojándose papelillos de colores. Pero había un payaso muy gracioso; un hombre ya mayor, casi un anciano; el rostro pintado con tal perfección que, nada más de verlo, provocaba alegría.
Caminaba de una forma muy extraña. Movía la pierna izquierda sin flexionar la rodilla, como lo hacía yo, mientras que, la derecha, la arrastraba o doblaba a su antojo, como si fuera de trapo, y huía de sus perseguidores, en graciosos movimientos, de arriba hacia abajo, como si fuera una marioneta y, de lo alto de la carpa, lo manipularan hilos invisibles.
El movimiento de sus piernas; una, como de palo y, otra, como de trapo; la forma en que movía el resto de su cuerpo, que parecía crecer y reducirse, y la perfección de su maquillaje y vestuario, lo hacían el centro de atracción; tanto los niños como los adultos, le festejaban, con aplausos y carcajadas, todo cuanto hacía y le ofrecían sus manos para que las estrechara.
Llegó un momento en que me olvidé de Elisa, de mis hijos, de Daniel, de la hipoteca y de los pollos, y me quedé, como hipnotizado, disfrutando del agradable espectáculo que ofrecía aquel payaso maravilloso y como, además de su número, aparecía en otras ocasiones, apoyando a los malabaristas y domadores, era imposible que pasara desapercibido.
Fue en una de ocasiones, mientras corría tras los caballos, cuando le tomé la primera fotografía, y lo seguí con la mirada hasta que, por fin, en el número de los trapecistas, lo encontré tras bambalinas, asomando la cabeza entre los dos telones; mirando, en las alturas, a los jóvenes que se jugaban la vida y desafiaban el peligro, sin red de protección.
Experto en esa tarea, me recargué en un barril y, luego de cambiarle la lente a mi fiel Pentax, hice un acercamiento a su rostro, impecablemente pintado, y abrí el diafragma, hice girar el dispositivo para reducir la velocidad, afoqué y disparé, esperando captar las expresión de sus ojos, en los que me pareció ver que asomaba una lágrima.
- Oiga, señor – le dije -. Me ha gustado mucho su caracterización de payaso. Es usted el mejor payaso que he visto en mi vida.
- Gracias, señor – me dijo, sin dejar de ver hacia el trapecio -. Sólo hago lo que tengo que hacer. Cuando yo era niño, mi padre, fundador de este circo, que en paz descanse,
me aconsejaba que fuera yo el mejor. Si vas a ser trapecista, me decía, tienes que ser
el mejor: el más arriesgado, el más temerario. Si vas a ser payaso, tienes que ser el
más gracioso, el que haga reír más a la gente. Eso es lo que hago.
- Me llamó mucho la atención su forma de caminar – le dije -. Es muy graciosa. ¿Cómo lo hace? Me gustaría tomarle una foto caminando así.
- Bueno, sí, gracias, señor – me dijo, un poco turbado, pero sin dejar de ver a los trapecistas -. Mucha gente me ha dicho que mi forma de caminar es muy chistosa. Pero no es que yo camine de una manera chistosa, señor: yo así camino.
- Oh, discúlpeme – comprendí mi error -. No fue mi intención…
- No se preocupe – me interrumpió -. Esta forma de caminar me ha hecho el mejor payaso de este circo y yo sé que mi padre, dondequiera que esté, ha de estar orgulloso de mí porque, de joven, fui trapecista…el mejor…el más temerario…pero…una desgracia, señor…un error a treinta metros de altura y…por eso camino así…
- Entonces – le dije -, usted entristece cuando ve a esos muchachos arriesgando la vida porque añora los días en que fue trapecista.
No, señor – me dijo -. No entristezco: me angustio… porque uno de esos trapecistas es mi hijo.