EL RATÓN

 

PQR

Cuando oigo hablar de campañas para la seguridad, unirnos para la seguridad y cosas así, no sé por qué me acuerdo de aquel ratón.

Lo vi pasar muy campante, por enfrente de la televisión, para ir a ocultarse detrás del escritorio. De inmediato me pareció ver un altero de papeles rotos, libros roídos, muebles agujereados, y heces de ratón por todas partes.

Fatalistamente, puesto que conozco mis limitaciones, me armé con un palo y una lámpara de mano. Esa noche, en varias ocasiones logré deslumbrar al ratón, pero siempre erré el golpe, dándole oportunidad de huir. Por cierto, debo confesar que era un ratón bonito: joven, pequeño, gordito, lustroso.

Tanto mi hijo como yo nos levantamos en varias ocasiones durante la noche a perseguir inútilmente al ratón, cada uno en su cuarto, lo que nos sugirió que o ese ratón tenía el don de la ubicuidad o en realidad eran dos ratones.

Mi hija comentó al día siguiente que toda la noche había soñado con patitas y colas que avanzaban por su cara. Yo preferí no decirle que seguramente no había sido un sueño.

Hacia mediodía, mi esposa vio al ratón en la sala. Nos armamos -ella con escoba, yo con mi lámpara y palo de trapeador- y empezamos la persecución. Movimos muebles, encontramos diversos objetos perdidos desde tiempo atrás, limpiamos concienzudamente las inacabables pelusas acumuladas en rincones escondidos, acorralamos al ratón en unas tres ocasiones, creímos haberle asestado golpes mortales, y siempre se esfumó para reaparecer un rato después, cruzando la sala sin grandes prisas.

Después de unas tres horas decidimos colocar avena envenenada en distintos puntos estratégicos.

Yo me preparaba a bañarme -estaba en un espléndido estado de suciedad después de sudar moviendo muebles y tirando palos, bien empanizado con el polvo removido- cuando desde el cuarto surgió un grito alarmado: "¡Aquí está el ratón!" El numerito que ya habíamos hecho en la sala lo repetimos cabalmente en el cuarto por espacio de otra hora y media. En algún momento el ratón pasó rozándome los talones. Yo levanté el pie. Desde luego, después argüí que lo había levantado para tirarle una patada al ratón, pero él había sido más rápido que yo. Nuevamente terminamos por depositar nuestra confianza en la avena.

Por supuesto, esa noche, mientras yo trabajaba, el ratón hizo nueva aparición. Volví a tomar lámpara y palo. Volví a perseguirlo inútilmente.

Cuando mi esposa salía del baño lo encontró aposentado en la cama, plácidamente recostado sobre su almohada.

Finalmente apareció en un rincón de la sala, junto al piano, muy ocupado en comer avena.

Mientras lo miraba comer tan tranquilo, orondo y glotón, me pareció leer sus pensamientos: "no cabe duda, encontré una casa a mi gusto. En cuanto me vieron llegar, los señores se dedicaron a barrer y trapear todos los rincones por donde me gusta pasear. Se han preocupado por abanicarme cuando hace calor, y el señor, muy amablemente, me alumbra con su lámpara para que no camine por la oscuridad. Hasta han bailado conmigo cada vez que me les acerco. La señora, muy gentil, me permite dormir en su almohada. Y, lo que sea de cada quien, esta avenita que me pusieron está deliciosa. Lo único que verdaderamente temo es que venga un ratón más grandote que yo y me saque de aquí".