“UNA IMAGEN DICE MÁS QUE MIL PALABRAS”

Elios Edmundo Pérez Márquez

Era un juego intenso y apasionante; verdaderamente excitante y, aunque estaba desprovisto de violencia, le sobraba emoción y, a pesar de ser en blanco y negro, estaba lleno de color. No tenía duración, ni reglas específicas, pero Arturo y yo nunca perdíamos la oportunidad de practicarlo y lo jugábamos con la misma -intensidad- que cuando jugábamos una partida de ajedrez.
No éramos más que dos fotógrafos aprendices; humildes estudiantes que pretendíamos dominar el difícil arte de “escribir con luz”, y habíamos inventado ese divertido juego de perseguir paisajes, atardeceres, siluetas a contraluz, niños sonriendo, puños crispados, pies descalzos, algún instrumento musical, una mueca de alegría o dolor, un botón reventando en flor, una lágrima furtiva, la salida del sol, el horizonte lejano, las nubes y la gente.
Sólo se trataba de tomar la mejor fotografía. Ésa era la meta. Buscar un objetivo y activar el disparador pero, al mismo tiempo, encontrar la luz adecuada, el mejor ángulo, la mejor perspectiva.
Eso era lo que nos había enseñado el profesor Ríos, nuestro maestro de fotografía: captar el momento, eternizar el instante; activar el disparador, solamente cuando se está seguro de que ése es nuestro objetivo pero, a la vez, sin dudar, sin perder fracciones de segundo que serían valiosas, ya que, en muchos casos, se trataba de aprisionar imágenes fugaces e irrepetibles que, si no lográbamos captar, nos arrepentiríamos toda la vida.
El profesor Ríos sabía de lo que hablaba porque era un extraordinario fotógrafo, cuyas imágenes plasmadas en el papel rebasaban, y con mucho, todo lo que uno se podía imaginar. Sus fotos en blanco y negro estaban llenas de matices que iban del negro más intenso a un blanco tan puro que, al verlo, casi lastimaba los ojos.
Digamos que sus fotografías, además del ángulo, la velocidad, la intensidad de la luz y el movimiento, contradecían la famosa frase: “Una imagen dice más que mil palabras”, ya que, a diferencia de otras, las suyas se podían describir y detallar, hasta tener una idea muy aproximada de lo que había quedado impreso en el papel.
Recuerdo, muy especialmente, una fotografía en la que aparecía un puño apretando el barrote de una celda y, en la parte de arriba, otro barrote transversal, descansaba su sombra sobre el puño crispado. Se titulaba “La cruz”.
“El mago”, era otra fotografía de un niño indigente que, con las manos, sostenía en el aire su camisa inflamada por el aire que salía de uno de los respiradores del metro. Pero su mejor fotografía era la que, un 15 de septiembre, le tomó a un vendedor de manzanas cubiertas de caramelo, que ya había vendido toda su mercancía y contemplaba los juegos artificiales sosteniendo su palo sin manzanas. Se llamaba “Sacudiendo el cielo”.
Esta vez, Arturo y yo habíamos llegado a la escuela primaria donde iba Oliverio, su sobrinito y, ese día, se celebraba el festival de día de muertos; lo cual significaba que nos íbamos a encontrar con cientos de niños disfrazados.
Así fue. Ya desde la avenida donde Arturo estacionó su Vocho, nos topamos con toda clase de monstruos en miniatura, pero también con uno que otro de tamaño normal, ya que, los papás y los maestros, contagiados por el entusiasmo de los pequeños, habían decidido ponerse el disfraz aunque, a muchos de ellos, ni falta les hacía.
Dentro de la escuela, no se diga: parecía la versión infantil de la Galería del Horror y, cuando entramos, nos salieron al encuentro muchas arañas patonas, diablos con cuernos y cola, fantasmas ensabanados, brujas con escoba y nariz de gancho, vampiros con colmillos y labios sangrantes, momias con vendas colgantes y calacas tilicas y flacas; reconocimos a Drácula y a Frankestein, al Jorobado de Nuestra Señora de París y al Hombre Lobo, pero también andaban por ahí, Eddy Monster , Morticia y Batman y, no sé si por error o porque andaban perdidos, me pareció ver a Fidel Castro, a Tarzán y al Santo, el enmascarado de plata.
Materia de trabajo, había. Nada más le teníamos que encontrar la cuadratura. Era todo un carnaval de luces y colores y, como siempre, me sentí seguro de ganarle a Arturo y tomar una mejor fotografía. No por fanfarrón, sino porque creo que, a diferencia de él, yo sí había captado la intención del profesor Ríos, quien era un fotógrafo duro, con mucho rigor, exageradamente austero; casi, casi subterráneo, con nada de poses y retoques, que siempre rompía con la simetría.
Arturo, riquillo, hijo de familia, si no en la opulencia, sí clase mediera, tomaba fotos de gente que parecía de plástico: niños que parecían haberse escapado de un anuncio de Gerber; muchachas que parecían modelos de Pomada de La Campana y hombres que sonreían con confianza porque usaban pasta dental Colgate. Era fresa, pues: güerito, ojos azules, pantalones de pana y dos hermanas odiosas que, cuando lo iba a buscar, hacían cara de fuchi, fruncían la nariz y me miraban por encima del hombro.
No se complicaba la vida, no se arriesgaba, no le interesaba caminar por el filo de la navaja, en este, ya de por sí, sofisticado arte que era la fotografía. En cambio, mi vida como fotógrafo no podía ser más complicada.
Ya tenía trabajo en una revista de deportes, fotos de futbol, box y atletismo. Además del guante de cuero negro que me ponía en la mano izquierda, que me distinguía de los demás, usaba telefoto, gran angular, macro, un chaleco con muchas bolsas donde guardaba los rollos, las pilas, la tapa de la cámara, los filtros, el disparador y mil cosas más. Más que cargar un equipo fotográfico, parecía que cargaba el armamento para la guerra.
Sin embargo, en el negocio de la fotografía, Arturo tenía más futuro que yo. Estaba seguro de que, cuando su papá se enterara de que había dejado la escuela, pondría el grito en el cielo pero, en cuanto le dijera que quería ser fotógrafo y le enseñara algunas de sus fotos, lo perdonaría y hasta le pondría un laboratorio, mientras que yo, me las iba a ver negras para comprarme otra cámara y ni pensar en llegar a tener un negocio propio.
En nuestras siete incursiones nocturnas por captar la mejor fotografía, yo le había ganado de todas, todas. No me explicaba cómo no me había mandado al diablo y cómo, a pesar de ello, me seguía regalando rollos de película, la que compraba en latas de 300 pies, y de papel fotográfico, que compraba por cajas.
Cuando iniciamos este juego, lo sorprendí por primera vez, y no tuvimos que salir de su casa. Como a las diez de la mañana de un sábado radiante, luego que se marcharon sus odiosas hermanas, cámara en mano, me tendí sobre el verde pasto e hice un acercamiento del incipiente diente de león que empezaba a crecer en el jardín.
Arturo me miró con escepticismo. Dientes de león crecían por todas partes y a nadie le interesaba fotografiarlos, pues no tenían nada de extraordinario. Sólo me dijo que tuviera cuidado y no le soplara porque, si una de sus agujas me caía en el ojo, me quedaría ciego.
Los resultados de la fotografía no son inmediatos. Se ven hasta que se lleva a cabo el proceso de revelado. Uno capta la imagen, a veces varias del mismo objetivo, se la lleva en la cámara y tiene que esperar a que se termine el rollo para revelarlo y obtener el negativo; luego, iniciar el proceso de impresión, pasar el negativo por un haz de luz y hacerlo positivo, en un papel con emulsión; someter el papel y la emulsión a la reacción de un par de líquidos químicos y ver aparecer la imagen. Hasta entonces se sabe si se logró el cometido y quedó plasmado lo que uno quería, o si se falló y hay que volver a intentarlo.
Eso pasó con el Diente de León. Parecía arrancado de un cuento de hadas. Más que foto, parecía una radiografía: mucha profundidad, color, delicadeza en demasía, una extraña proyección, un ángulo inusual, impreso en un formato de 16 por 20: daban ganas de soplarle.
Arturo, pese a ser un burguesito, era todo un caballero; siempre reconocía la calidad, aceptaba la derrota y alababa mi trabajo.
· Tus claroscuros –decía -. Son de lo mejor, los saben captar.
· Esa foto tiene mucho movimiento –decía-, como que te enredaste, pero lo supiste resolver.
Lo mismo sucedió cuando asistimos a nuestra primera sesión de modelaje. Quedó verdaderamente sorprendido al verme proyectar una diapositiva, con las enmarañadas raíces de un sauce junto al río, sobre el cuerpo de una mujer desnuda.
· Híjole -me dijo-. Estuvo sensacional. A mí nunca se me hubiera ocurrido.
Igual con el ajedrez. De dieciocho partidas que llevábamos jugadas, yo había ganado trece y él, sólo cinco. Pero, lo mismo. Una actitud de caballero, reconociendo la derrota y alabando mi juego:
· El caballo – decía-.Moviste muy bien el caballo hacia siete rey. Ahí ganaste. Yo creí que ibas a aceptar el cambio de damas.
Un poco tarde, después de terminar la cacería de imágenes, nos iríamos al estudio de Gabriel y pasaríamos una velada literaria, declamando poesía, jugando póker y ajedrez, comiendo tacos de maciza y suadero, y bebiendo cerveza o brandy con coca, mientras escuchábamos canciones de los Panchos, los Tres Ases y los Tecolines, porque los tres andábamos enamorados.
Con las cámaras listas para disparar, Arturo y yo dimos una vuelta completa por la escuela hasta que encontramos a su sobrinito, quien se encontraba vestido de momia, pero su disfraz estaba diseñado con papel sanitario, y se veía sensacional, como para hacerle un estudio fotográfico, aunque no para tomarle una foto de concurso.
El Festival de Día de Muertos estaba a todo dar. Las mamás de los niños prepararon todo tipo de antojitos mexicanos y nos ofrecieron tostadas de tinga, picadillo y pata; sopecitos de papa y chorizo; quesadillas de hongos y flor de calabaza, de huitlacoche, sesos y chicharrón, y taquitos dorados de barbacoa.
Las señoras echaron la casa por la ventana, y hasta la odiosa hermana de Arturo, mamá de Oli, quien todavía tenía varios rollos de papel higiénico, me ofreció agua de jamaica y tamarindo, y me regaló unos buñuelos y unas gelatinas para mi mamá.
Finalmente, llegó la hora de premiar a los cinco mejores disfraces y se realizó una votación secreta entre los maestros.
De haber sido parte del jurado, hubiera votado por el niño al que le dieron el tercer lugar. Era un Jorobado de Nuestra Señora de París que, en lugar de máscara, traía una gran calabaza, con ojos en forma de triángulo; la joroba muy bien puesta y oculta bajo la camisa hecha jirones, piernas y brazos pintados, y algo más: para que se mantuviera encorvado y resaltara su figura contrahecha, a quien lo había disfrazado, se le ocurrió amarrarle, con un lazo, la muñeca y el tobillo derechos.
Se veía sensacional, pero no como para ganar un concurso de fotografía. Sin embargo, mi amigo Arturo no pensaba igual y, sin dejar de ver al chiquillo, le quitó la tapa a su cámara, se enredó la correa en el puño, cerró el ojo izquierdo y esperó pacientemente.
Horas mas tarde, Arturo se encerró en el laboratorio a revelar sus rollos y hacer sus impresiones y, al cabo de un buen rato, mientras los demás jugábamos ajedrez, abrió la puerta del cuarto oscuro y puso en mis manos una fotografía en formato 11 por 14, la última, después de varios intentos, y no me quedó más remedio que reconocer el talento y buen ojo de mi amigo.
Para recibir su premio por el tercer lugar, el Jorobado de Nuestra Señora de París, un niño de no más de diez años, fastidiado por haber permanecido tanto tiempo encorvado, desató la cinta que mantenía unida su muñeca a su tobillo, retiró con sus manos la enorme calabaza que cargaba sobre sus hombros y, cuál no sería mi sorpresa al descubrir que su rostro de niño, bañado en sudor, se encontraba perfectamente maquillado, y era blanco como el de un fantasma, mientras que, debido a la pintura que se iba diluyendo poco a poco, parecía que los ojos se le habían hecho líquido y le escurrían por las mejillas.
Nunca me lo imaginé. De haberlo sabido, hubiera esperado pacientemente a que aquel chiquillo se despojara de su disfraz, pero me faltó paciencia y pericia; algo que Arturo, mi mejor amigo, sí tenía y, gracias a eso, se me había adelantado y disparado un clic tras otro clic: decenas de clics; el sonido de una cámara réflex que, una vez más, había captado la mejor imagen en el mejor instante y desde el mejor ángulo.
Sólo esperaba poder comportarme como un caballero y reconocer que, por fin, Arturo había entendido las sabias enseñanzas del profesor Ríos y estaba en camino a convertirse en un gran fotógrafo.

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