EL PARTIDO MEXICANO DE LOS TRABAJADORES
“UN PLAN MUY SENCILLO”

Por Elios Edmundo Pérez Márquez
A la memoria de Heberto Castillo

“Fuimos al matadero en un barranco
en tierra extraña y como era justo
erigió nuestras tumbas el estado
porque al partir al frente
le obsequiamos el tributo
de nuestra juventud irrecuperable”

José Emilio Pacheco.

Éramos como hermanos, muy jóvenes, audaces, enamoradizos; capaces de perseguir los sueños y comernos la lumbre a puños: el más pelón se hacía trenzas, el más chimuelo mascaba rieles y el más tullido era alambrista; conocíamos nuestra historia y no la queríamos repetir; no éramos ningunos resentidos sociales y no nos movía el odio ni el rencor, sino el amor; éramos realistas y habíamos aprendido a pedir lo imposible.
Amparados en el manto protector de la Constitución, nos sublevaba cualquier abuso contra nuestro pobre pueblo, no estábamos dispuesto a consentir ninguna injusticia ni a tolerar otra matanza, y nos gustaban las canciones de Serrat.
Deberíamos estar locos. Sólo a nosotros, jóvenes de clase media fregada, y fregada y media, se nos ocurría pedir Democracia Sindical y Respeto a la Constitución, en este país donde los derechos más elementales eran letra muerta, y el gobierno de Luis Echeverría, tan represor y genocida como el de Díaz Ordaz, respondía a los dictados de FMI y la Casa Blanca.
Mientras otros partidos de oposición, hacían como que existían en la clandestinidad; se escondían a leer los textos proscritos y nos acusaban de “reformistas y aperturos”, nosotros actuábamos a plena luz del día, y en la noche; sabíamos a dónde ir, salíamos a la calle y echábamos a andar un plan para tomar el cielo por asalto.
Era un plan muy sencillo. Consistía en afiliar a la gente común y corriente, y explicarle que la actividad política no era un asunto de iluminados o elegidos, como nos lo habían hecho creer hasta entonces, sino que se trataba de juntarnos, los iguales, para defender nuestros derechos: “tomar el poder, por todos los medios s a nuestro alcance y edificar una sociedad, estructurada sobre bases de igualdad y de justicia, sin discriminaciones y privilegios”.
En otras palabras, se trataba de formar un “partido político, de auténtica oposición, capaz de dirigir a los explotados en la histórica lucha contra sus explotadores”.
Para lograrlo, teníamos que formar un Comité de Base, dos Comités de Base, muchos Comités de Base, por colonia, barrio, pueblo, centro de trabajo, escuela, ejido, etcétera, a todo lo largo y ancho del país.
No queríamos un partido electorero, de esos que aparecían en época de elecciones para pedir el voto y, luego, volvían a desaparecer. Al contrario. Para nosotros, el Congreso era un club de sordomudos, y despreciábamos a los diputados, “agachones y levantadedos”, que le decían sí a todo lo que les ordenaba el presidente.
El PRI, como hasta la fecha, era una asociación delictuosa, una red de complicidades, y un grupo de caciques regionales que se enriquecían al amparo del poder, y sus siglas significaban: Para Robar Impunemente y, como quedaría demostrado muchos años después, sólo había algo peor que el PRI: el PAN.
Apoyábamos movimientos sindicales, de colonos, de campesinos; participábamos en mítines y marchas; realizábamos Asambleas Populares; nos dábamos tiempo para leer, seguíamos formando Comités de Base, boteábamos y pintábamos bardas: unos, trazaban las letras y, otros, las rellenábamos.
Teníamos copado el primer cuadro de la Ciudad de México, especialmente, San Juan de Letrán y la Alameda Central, y ahí, vendíamos libros, discos de Óscar Chávez, playeras del Chingón y, sobre todo, Insurgencia Popular.
Nuestros líderes, Heberto Castillo y Demetrio Vallejo, eran hombres de una sola pieza, a los que la cárcel y la tortura, nunca lograron doblegar y, con terquedad, convicción y congruencia, luchaban por defender el decoro y la dignidad de los que de todo carecen. Y, por supuesto, nos formaban.

-No, compañeritos- decía Vallejo-. Hay que llegar puntuales; para qué se comprometen si van a llegar tarde.

Y Heberto decía:

-Vinieron los Sarracenos y nos molieron a palos. Dios ayuda a los buenos cuando son más que los malos.

¡Basta de chingar al pueblo!-decíamos-. “Queremos seguir siendo mexicanos”. PEMEX SÍ, PEUSA NO. “ Salario mínimo al presidente pa’ que vea lo que se siente”. “Lo feo no quita lo revolucionario”; aunque, la verdad, tampoco se trataba de exagerar. Había compañeros, no quiero dar nombres, que abusaban de esta consigna. Eran la prueba fehaciente de que Federico Engels tenía razón, acerca de la importancia que había tenido el trabajo, en la transformación del mono en hombre.

No había nadie mejor que nosotros para contar la historia de México, tal y como Rius nos la había contado:

“Hace un chingo de años,
los indios éramos bien chingones.
Cuauhtémoc era el gran chingón,
pero llegaron un chingo de gachupines
y los muy hijos de la chingada
hicieron mil chingaderas
y chingaron a los indios
y nos llevó a todos la chingada”.

Y es que, en realidad, “no hay peor lucha (de clases) que la que no se hace”. Como decía Salvador Allende: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción” y, para nosotros, que lo que nos motivaba era el amor, “la dicha era mucha en la lucha”, porque “entre más hacíamos la Revolución, más ganas nos daban de hacer el amor y, entre más hacíamos el amor, más ganas nos daban de hacer la Revolución”.